Prolemario

Sale al ring el compañero Tavernini con su broli 
Hay poemas que uno los agarra y siente ahí nomás dónde fueron escritos. Siente la tierra, el olor, el lugar. Con Prolemario pasa eso: uno se imagina a Tavernini tirado en la cama de una pensión cualunque escribiendo, leyendo, escribiendo, mateando, pensando en alguna mina, volviendo a escribir, escuchando al peruano de al lado que le grita que baje la radio, al correntino que habla por celular con la chinita que lo espera allá lejos, y vuelta a escribir, a cambiar la yerba, a escribir…
Tavernini escribe en la promiscuidad de voces de las pensiones platenses. Conventillo de estudiantes pobres, es la locura de las formas de hablar el español. Ahí el autor elabora la poesía para resolver esas palabras que se transforman en las proles de todo Latinoamérica; como dice el mismo autor: “proles de la calle, proles de amor, proles de la naturaleza, proles académicas. Todos se mezclan para dar vida a este libro”.
Sin embargo, Prolemario no es un poemario feliz. Está escrito desde la humedad y el olor sucio, de aceite concentrado, de ollas nunca lavadas o mal lavadas de las pensiones. Por eso busca como epígrafe la voz del Negro Cele, del Kid Cele, que arremete con su poesía, entra y sale: “Porque quise mucho, porque me engañaron” o como dice nuestro poeta: “Todo se rompe en las pensiones / (típico de vidas nostálgicas)”. Acaso sea una forma de atajarse; el mismo autor argumenta que es la búsqueda de un origen. Tal vez, mejor, sea la búsqueda de una voz. Y Tavernini la encuentra: Prolemario le encaja, le sale su voz propia. 

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