Justicia divina para los sapos

Victor Chacón es músico rock; escenógrafo de la Escuela de Teatro de La Plata; iluminador de varias obras de la cartelera porteña; docente de literatura en una escuela de barrio bravo; maître en un teatro de estirados. Es, sin duda, el maestro de ceremonias adecuado (puedo dar fe) para cruzar la amazonas venezolana en una lanchita estropeada y para conocer hasta el último barcito -de buena o mala muerte- de cualquier ciudad. Por si fuera necesaria la aclaración: lo caracterizan la acumulación, el desborde, el virtuosismo barroco.
Cada cultura posee sus modos secretos de invocar al demonio; la nuestra, de adolescentes, un pasado sin las magias de la telefonía celular, era encontrar a Chacón en algún momento de la noche (o de la madrugada) y asegurar un derrotero infernal. Desde entonces somos amigos y no puedo más que encontrar en su escritura estas huellas. Si algo le faltaba al mito era un libro. Justicia divina para los sapos consta de seis cuentos inusuales, divertidos, tristes y, valga el oxímoron de Capote, monstruosamente perfectos.
En Chacón hay algo del estómago libérrimo y ecléctico que Oliverio Girondo encontró como condición latinoamericana. Un estómago capaz de digerir toda la cultura occidental. Influencias y lecturas que no permiten, tras el primer bocado, recuperarlas: ¿de dónde surgió esta escritura de una oralidad desenfrenada? 
El poeta latino Virgilio, en un arrebato tanguero, escribió: Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus. Que en criollo leemos como "Pero huye mientras tanto, huye irreparablemente el tiempo". Todos conocemos este tópico que produjo, parece, el aburrimiento endémico de las carreras de Letras. Séneca, Quevedo, Borges han sido maestros en su uso. Un recurso basado en una obviedad que preferimos olvidar. Aquello que Góngora nos recuerda con la advertencia que terminaremos "en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada". 
En Justicia divina para los sapos el tópico se podría renombrar como "Antes, cuando aún había sapos". Una y otra vez, los cuentos nos hacen volver a una ciudad, a una vida, a unos amigos, a un pasado donde existían, entre otras cosas, sapos; un tiempo anterior a que el mundo siguiera creciendo en su urbanización insoportable. 
Pero no hay patetismo en el libro. Chacón es una maestro del humor, del desenfreno, del remate. Un maestro de la anécdota. Como en las historias tradicionales del zorro o de Pedro Urdemales, en los cuentos de bar de Fontanarrosa, en el delirio narrativo de Laiseca o en los bolazos puebleros de "Don Verídico" de Juceca, sólo conocemos el preciso lugar donde estamos leyendo; la siguiente línea, en un desorden ejemplar, nos lleva, siempre, a un lugar imprevisto. Como los mejores escritores criollos, Víctor Chacón, hace de una pequeña soga, un laberinto de nudos. 

prólogo a  Justicia divina para los sapos (Malisia, 2015).

No hay comentarios: